Si pienso en el reciente cine español, hay una interpretación actoral almacenada en mis redes neuronales, o dónde sea que se almacenan esos recuerdos que parecen rozarnos la piel al ser rememorados, de la cual aún no he conseguido extraer los motivos de mi fascinación-flechazo instantánea. Dicha interpretación es la de Aura Garrido en La Reconquista(2016) de Jonás Trueba y  las palabras que siguen a continuación son el intento, espero que fructuoso, de hallar las razones por las que ese trabajo me resulta tan especial.

La actriz interpreta al personaje de Clara, un papel secundario que se desarrolla durante un pequeño interludio que tiene lugar en el ecuador de la película. En esa pequeña secuencia se relata la vuelta a casa de Olmo (Francesco Carril), tras pasar toda la noche deambulando y rememorando viejos tiempos con su primer amor de adolescencia, Manuela (Itsaso Arana). Trueba describe el momento como una de  “esas preciosas secuencias familiares de Ozu”* para lo cual coloca la cámara a poco más de un metro de altura como el gran clásico japonés y realiza los planos-contraplanos con una cierta frontalidad.

Pero en este texto deseo olvidarme de todos los elementos que estén fuera del ámbito actoral. Incluso deseo obviar el hecho de que Trueba reconoce una cierta participación de los actores a la hora de la creación del personaje sobre guion. Su intención, dice, es captar una verdad que ni el propio actor sea consciente que posee. Y aunque es un aspecto de dirección de actores que me resulta muy atractivo, quiero apartarlo de este texto. Aquí solo deseo hablar de Aura Garrido, sus gestos, su voz, su pose corporal, su mirada… Todos esos elementos que conjuga para crear a Clara, de la cual sabemos, antes de su aparición por un pequeño dialogo del dúo protagonista, que es psiquiatra y un poco negativa con respecto a la humanidad.

En la primera aparición en pantalla, Clara se nos presenta dormida y con un despertar no demasiado amable respecto a Olmo, su pareja, que acaba de meterse en la cama. La primera frase que pronuncia es casi ininteligible, pero la siguiente, tras dar la espalda a su compañero esta modulada de tal modo que encierra un suspiro inequívocamente mañanero en el cual la respiración es alargada y lenta. Todo ello realizado con los ojos cerrados, que no irá abriendo intermitentemente hasta que su compañero no haya abandonado el plano. Es en ese lento parpadear cuando el rictus serio de su boca y la mirada perdida nos hace evidente que no ha pasado una buena noche sabiendo que su pareja estaba por ahí con su primera novia.

Llegado a este punto, y antes de pasar al momento que más me interesa analizar,  me gustaría hacer un inciso sobre el hecho evidente de que una interpretación por parte de un actor o actriz es, en el fondo, una doble interpretación: La que realiza el comediante para crear al personaje y la que realiza el espectador al visionar su labor; lo cual pone, sin duda, entre miles de comillas todo lo que en el presente texto pueda expresar. Supongo que en realidad, esta doble vertiente, solo se produce en los trabajos sutiles que se llevan a cabo en el cine con una cierta intención realista-naturalista. En otro tipo de cine más maniqueo, la intención se subraya con fuerza desde una interpretación más histriónica, la mayoría de las veces.

Volvamos a Aura Garrido y su Clara. La recuperamos sentada en el suelo de ese nuevo piso que ha comenzado a compartir con Olmo y donde las cajas de la reciente mudanza aún se amontonan. Su rostro es serio hasta que aparece el protagonista y le sirve un té, a partir de ese momento se instala en ella una forzada sonrisa que acompañará casi toda la conversación en la que le interroga a él sobre el reencuentro de su pasada noche. La intención del falso arqueo de sus labios no es otro que suavizar lo inquisidor de las preguntas y para dar una cierta sensación de banalidad a la situación. ¿Por qué creo que la sonrisa es forzada y que la actriz la desea transmitir así? La respuesta es muy sencilla, he probado a imitarla y mantenerla durante las frases que ella pronuncia y me resulta facialmente incomoda, molesta. Además de que si nos fijamos en su mirada no está en ningún momento acorde con esa aparente alegría, resulta triste. ¿Será verdad eso de que” las miradas no engañan” y sabrán los buenos actores usarlas para transmitirnos el verdadero estado emocional del personaje?

Para comprobar si esto último tiene algún sentido, si de verdad Aura Garrido puede tener tal control de expresión como para transmitir una cosa con los ojos y otra distinta con la boca he hecho una pequeña “frikada”. He visto la escena tapando la parte baja de su cara, de modo que fuesen los ojos y la voz todo lo que pudiese percibir. Y el resultado ha sido muy curioso: todas las reacciones que tiene respecto a lo que le relata Olmo son mucho más creíbles, menos planas y más variadas de lo que aparenta cuando interviene esa “sonrisa” casi unificadora: vemos sorpresa, miedo, incertidumbre, dudas. Como resultado de este extraño experimento, me atrevería casi a decir que para ser un buen actor hay que saber mirar y que con eso tienen resuelto un tanto por ciento muy alto de su trabajo…Pero para ello incluiría, dentro de ese control de la mirada, las cejas y la frente ya que son parte importante del matiz de la misma.

Abandonando el rostro, aunque con la certeza de que me es imposible abarcar las decenas de matices que tienen lugar sobre él, pero siendo consciente de su riqueza, me concentro en la postura corporal, en como permanece casi inmóvil, con la taza de té en las manos, como si este objeto le permitiese transmitir tranquilidad, normalidad y serenidad frente a los incesantes movimientos y titubeos de las manos de su compañero de escena. Lo cual da una cierta imagen de mujer que no desea dejar aflorar sus emociones, que prefiere no mostrar las cartas, ya que significaría mostrar una cierta debilidad bajo esa capa de perfección.

Hay más adelante, casi al final del interludio, un gesto cariñoso que el personaje femenino realiza al masculino que se ha quedado dormido en el sillón del salón. Tras haberlo observado, seria y dubitativa desde el marco de la puerta, se acerca, lo mira con cariño y le acaricia la nariz. A partir de ese instante su comportamiento parece el de una madre ante su hijo, acompañándolo a la cama para que duerma y transmite una gran sensación d madurez en Clara, simulando con sus palabras y sus gestos que ya ha superado las emociones negativas que la asaltaron por la noche, durante la ausencia de él. Y es que el trabajo de la intérprete va sin duda en la línea de anteriores trabajos del director, donde los hombres parecen eternos adolescentes sin importar la edad y las mujeres son mucho más maduras y tienen las cosas mucho más claras. Lo cual no indica que Aura Garrido sea así, sensación que podría producirse tras un trabajo de composición tan bien elaborado. Para muestra de su versatilidad bastaría con recordar su trabajo en Stockholm(2013) de Rodrigo Sorogoyen, un personaje frágil e inseguro que se encuentra en las antípodas del aquí analizado.

En cuanto al uso de la voz da la sensación de haber elaborado algo similar a su trabajo con la sonrisa casi permanente, de usarla de modo monocorde exceptuando algunos momentos en los que exagera el matiz de sorpresa, estoy seguro que de un modo intencionado. Me refiero, por ejemplo, al momento en que Olmo le explica que bailó “swing con una abogada muy simpática”. Da la impresión que esa revelación le interesa poco, que ella lo que realmente quiere saber es qué sintió en el rencuentro con su ex, pero finge la sorpresa que sabe que su pareja espera ante lo que él considera casi una hazaña dentro de su carácter. De ahí su controlado tono durante toda la charla del desayuno.

¿He sido abducido por el visionado repetido de la escena y veo matices donde no los hay o realmente el trabajo de Aura Garrido contiene esa profundidad?

Pues la verdad, es que no creo que la respuesta a esta cuestión sea relevante ya que lo queramos o no como apuntaba el director griego Theo Angelopoulos , en el momento del visionado la película pertenece al espectador y ni el director “ni los actores”, añadiría yo, tienen ya nada que decir o hacer que no hayan hecho ya.

Como punto final me gustaría aclarar que, a pesar del análisis pormenorizado de los gestos y la voz de la actriz en el papel de Clara, no he conseguido vislumbrar las razones por las cuales su interpretación me resulta tan especial, he aprendido a valorar su dificultad inaparente, eso sí. Pero o se me han escapado puntos de reflexión o he topado con la llamada “magia del cine”…

Prefiero pensar que ha ocurrido lo segundo.

*Extracto de la charla-entrevista Desnudando “La Reconquista” con Jonás Trueba publicado por Miguel Faus en la revista JOT DOWN