No os quiero engañar, esta no es la historia que iba a ser. Esta no es la historia de un gorro y de cómo al ponérmelo me parece que el resto del mundo también lleva la cabeza cubierta, del mismo modo que sólo vemos perros la primera vez que paseamos al nuestro o que las embarazadas y los carritos de bebés inundan la calle tras la noticia de nuestra futura paternidad.

Pues bien, esta no es esa historia porque en el mismo “oulet” que compré el gorro, también había un pantalón. ¿Es entonces esta la historia de un pantalón de deporte, de esos largos, finitos, que se pegan al cuerpo como si fuesen “lasters”, “leggins”, “skinny” o como quiera que se llamen ahora? Pues creo que no, que tampoco es la historia de un pantalón… ¿O sí?… No sé, mejor lo cuento y vosotros  juzgáis.

Me desperté a las 8:00, muy temprano para ser domingo, pero cuatro horas más tarde de lo que suele ser habitual en mi día a día, por lo que estaba descansado, lleno de energía y con ganas de ir al gym para estrenar mis nuevos pantalones. Me los había probado con varios complementos: con pantalón corto encima, sin pantalón corto encima, con camiseta de tirantes, con camiseta de manga corta, con sudadera de capucha, con sudadera sin cremallera… Al final conseguí el “look” que me resultaba menos ridículo de todos.

Lo sé, sé que os estáis preguntando la razón de haberme comprado un pantalón de deporte que me resultaba un poco ridículo. Yo también me hacía la misma pregunta en ese momento, pero además de lo rebajado que estaba, hasta el punto de ser una ganga, había en mi interior una fuerza que me impulsaba a ponérmelo y yo soy de los que creen en el instinto de las fuerzas interiores. De dónde venía esa fuerza interior creo que más adelante os quedará claro y si no es así, yo os lo haré ver.

Sigamos. Pantalón tipo mallas con pantalón corto encima, los dos de tonos azules oscuros, sin llegar a ser marinos, camiseta blanca de manga corta con un perro ilustrando el pecho, deportivas azul marino y sudadera, con capucha y cremallera, del mismo tono.

 Atrevido, pero discreto.  Así soy yo y así me he plantado en el gimnasio, con mis mini-cascos inalámbricos como toque sofisticado y tecnológico.

Espero que por la descripción entendáis que no iba hecho un “pintas”,ni una “mamarracha”, ni una “star”… Iba como cantaba la martirio: “arreglao, pero informal” Me veía raro, pero guapo, dentro de lo guapo que uno puede verse ya pasada cierta edad. Y es que lo triste no es que los demás nos consideren fuera del mercado pasado los cuarenta y tantos, lo triste es que nosotros somos parte de ese mercado en el que seguramente tampoco nos compraríamos… Pero dejemos este tema porque creo que este escrito no va de eso.

Acompañando mi pequeño halo de euforia, he elegido la carpeta de canciones de “La bienquerida” y he comenzado la “rutina de brazos”. (No me voy a parar en el término “rutina” aplicado al ejercicio porque a este paso no llegaré a contar lo que realmente quiero contar)

No recuerdo cuanto tiempo o canciones han transcurrido cuando ha salido el Sol en mi día. Un sol humano y metafórico por supuesto, un sol en forma de chico, hombre, macho, chulazo, joven… o cómo queráis llamarlo. Ha aparecido la encarnación perfecta de mi canon de belleza, ese tipo de hombre que siempre he deseado, que siempre me ha hecho sufrir y con el cual he podido tener “rolletes”, pero nunca una gran historia de amor. Ese espécimen no muy alto, con buen torso, moreno, con una barba perfecta, un culo de estatua griega y con una actitud de estar solos en el mundo, de no ser conscientes que los espectadores les rodeamos vayan donde vayan… Así era él, bueno, así es él si nada le ha pasado que lo haya estropeado en estas pocas horas. Pero queréis saber realmente lo que más me ha fascinado del semidiós. Pues queráis o no, os lo voy a contar: su “look”… Que curiosamente era casi idéntico al mío, únicamente debemos cambiar el tono azul de la mayoría de mis prendas por el gris de las suyas, a excepción de la camiseta, que también era blanca. Y en ese momento, señoras y señores, he descubierto el motivo que me impulsó a comprar y ponerme el pantalón dichoso… “Me pone”… Me “pone” la gente que lo lleva, bueno…  la gente de género masculino, claro y supongo que inconscientemente pienso que si me lo pongo ”pondré” a alguien.

Una pausa… Quiero advertiros que todo lo hasta aquí leído es casi irrelevante, que solo pretendía colocaros en situación para el momento de felicidad más plena que he alcanzado en semanas tal vez. Uno de esos momentos en que uno da gracias de estar vivo y de estar justamente en el preciso momento en el lugar indicado. Vamos allá…

Yo estaba haciendo tríceps a un brazo, con agarre invertido, en superserie con fondos. En mis minicascos sonaba “Muero de amor” de La bien querida. Y de pronto, Él, que había estado haciendo press de banca no sólo con la sudadera puesta, sino que con la capucha también, se ha puesto en pie y se ha quitado la sudadera. Una explosión de luz que ha inundado la sala me ha sacado de la realidad, creo que hasta he levitado un poco, pero no lo puedo asegurar…  El ideal de belleza, que ya os avancé antes,  estaba bajo esa sudadera y a penas lo tapaba una pequeña camiseta de tirantes con una frase lapidaria en su espalda: “We love this”…

He querido correr hacía él, besarlo, abrazarlo, darle las llaves de mi piso de alquiler y de mi corazón en venta, pero he entendido a tiempo, en apenas un segundo, que el gozo mayor era aquel, disfrutar aquella plenitud, aquellos momentos de vida, que avanzar casi siempre es “cagarla”.

Barcelona,  Enero del 2019.

(Imagen: Foto de mi maravilloso gorro que no ha podido ser el protagonista del texto)