“¿Cuántas veces se ha de repetir una acción para que se convierta en tradición?”

Esta es la pregunta que le hice a un amigo que considero mucho más inteligente que yo, el cuarto domingo seguido que fui a comprar un “pollo a l’ast” para comer. No recuerdo su respuesta exacta, pero sí recuerdo que no hubo un quinto domingo. La razón es meramente emocional, yo ya tengo una tradición y no quiero que aparezcan otras que le puedan hacer sombra. Mi tradición es ir a ver las películas de la serie Antes del (Before…) de Richard Linklater con mi amiga Sara. (He escrito “serie” en lugar de “trilogía” con la vaga esperanza, pero también con un poco de miedo, de que así sea. Supongo que antes del 2022 saldremos de dudas)

Como las cosas más bonitas del mundo, es una tradición que surgió por casualidad. Era junio, habíamos acabado los exámenes de la facultad y como celebración de nuestros cumpleaños fuimos a ver Antes de amanecer (Before Sunrise, 1995). Las razones eran poco cinematográficas la verdad: por un lado, Sara había viajado en Interrail el verano anterior y por otro, a los dos nos encantaba Ethan Hawke desde que lo habíamos visto en El club de los poetas muertos (Dead Poets Society. Peter Weir, 1989), nuestra primera película disfrutada por error, afortunadamente, en V.O.S.

Tras el primer visionado de la película de Linlklater recuerdo que salimos emocionados, en éxtasis… Era una película que hablaba de nosotros, de cómo nos sentíamos, de las cosas que pensábamos, de cómo queríamos ser. No era solo que los personajes tuviesen la misma edad que nosotros y el mismo tipo de referentes, estaba también el hecho de que era una de esas películas en que los personajes no paraban de hablar. Eso a nosotros nos encantaba desde que habíamos descubierto a Romher y su Cuento de invierno (Conte d’hiver, 1992). Nos pareció una película real, de esas en las que uno desearía entrar y compartir momentos con los personajes, compartir vivencias, compartir la vida. Nos pareció una película que no era una película, algo raro de explicar, pero fácil de sentir.

Durante los 9 años que Sara y yo estuvimos esperando, sin saberlo, la segunda parte de la historia de Jesse(Ethan Hawke) y Céline(Julie Delpy) que tras conocerse en un tren habían vivido una noche de amor en Viena, pasaron muchas cosas en nuestras vidas. Empezamos en el mundo laboral, nos distanciamos, nos enamoramos, nos emancipamos de nuestros padres… pero nunca, nunca dejamos de disfrutar y recordar al otro al volver a ver la película en pantalla grande cuando alguna sala lo propiciaba, o en casa, gracias a las cintas gemelas de vhs que habíamos grabado de Canal + .

Por este motivo, cuando se anunció el estreno de la segunda parte, a pesar de vivir en dos ciudades distintas, decidimos ir a verla juntos. Reconozco que yo iba con miedo, con ese nerviosismo que produce el reencontrarse con alguien al que has querido mucho y que ya no forma parte de tu vida, y no me refiero tanto a mi reencuentro con Sara, pues nuestra conexión es de aquellas que no desaparece aunque estemos meses sin saber el uno del otro. Me refiero a nuestro reencuentro con Jesse y Céline , a nuestro recuentro con Richard Linklater, que ahora sí sabíamos quién era.

Antes del atardecer(Before Sunset, 2004) no nos defraudó, al contrario. Sentimos que volvía a hablar de nosotros, de nosotros en ese instante. Nos pareció mejor incluso que la primera, con unos personajes mucho mejor definidos y donde se reflejaban las cicatrices de los años y las vivencias pasadas. Vimos la película en Madrid, en la primera sesión de tarde de un mes de Octubre del 2004, creo, y no nos separamos hasta las seis de la mañana. No paramos de hablar de nuestra vida, de que las cosas no nos parecían tan fáciles como hacía nueve años atrás y de que el amor y la conexión con otros es un regalo que no se da cada día. Yo estaba acabando una larga relación aunque no lo sabía y  Sara se estaba planteando ser madre con el hombre equivocado, según ella. Pero eso nos daba un poco igual aquella noche, solo queríamos saber si Jesse se iba a quedar en Paris con Céline tras ese reencuentro. Hacíamos nuestras elucubraciones, inventábamos el siguiente paso de ese final abierto… Incluso fuimos al Fnac a escuchar los discos de Nina Simome y prometimos apuntarnos a un curso de guitarra para tocar el Vals que al final de la película Céline (Julie Delpy) canta a Ethan Hawke, perdón, a Jesse.

Volvimos a ver la influencia de Romher, pero esta vez de una de sus películas más serías, quizás hasta más negras. Y no lo digo por estar rodada en blanco y negro, si no por su visión de las relaciones amorosas. Me refiero a Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, 1969), dónde un moralista Jean-Louis Tritignant es en cierto modo castigado por no ser capaz de liberarse de sus creencias.

Ni Sara, ni yo hemos sido nunca de analizar las películas más allá de los argumentos o los personajes, pero tuvimos la certeza que el modo en que Linklater había rodado la película, siguiendo a los personajes de cerca con la cámara por todo parís, mediante largos planos secuencia, era una de los  motivos por el todo nos parecía tan real.

Mi amiga y yo nos despedimos “antes de que amaneciese” con la promesa no explicitada de ver la siguiente parte de la historia, en casa de que la hubiese, juntos. En Madrid, Barcelona o en la Conchinchina. No teníamos ni idea de que tendrían que volver a pasar otros nueve años.

El 28 de Junio del 2013, Sara y yo volvimos a vernos. Los dos vivíamos de nuevo en Barcelona y se estrenaba Antes del anochecer (Before Midnight, 2013). Yo estaba tan entusiasmado como la vez anterior, pero Elvira estaba muy alejada de todo lo que no fuesen sus dos hijos y el trabajo. Sé que había tenido que discutirse con su pareja para poder ir al cine conmigo, él no entendía que tuviésemos que ver la película justamente el día del estreno y en la primera sesión. Ella, me confesó, que aquello también le parecía una criaturada.

Entramos al cine, Sara con desgana y yo arrepentido de no haber ido solo como siempre hago cuando algo me interesa de verdad. A veces es inútil pretender que lo que es un acontecimiento para uno, lo sea también para los demás. Pero esa sensación se disipó al volver a ver a Jesse y Céline en la pantalla, dentro de un coche, acompañados de sus dos hijas pequeñas, por una carretera de Grecia.

No sé cuánto tardó Sara en entrar en la película, en descubrir que ese drama iba mucho con ella y su estado actual, pero cuando en un momento la oí sollozar, supe que Linklater, Hawke y Delpy lo habían vuelto a conseguir, habían llevado de nuevo nuestras dudas, miedos y frustraciones a la pantalla. Del mismo modo de que muchas décadas antes lo hiciese Antonioni en sus películas sobre la incomunicación o Rossellini en su Viaggio in Italia (1954)

Al finalizar la película acompañé a Sara a “un recado de madre” y me pidió que por favor la llevase más al cine, que le mostrase cosas nuevas, que tenía la sensación de estar anulada entre ser “madre de…” y “mujer de…” Que quería saber dónde estaba ella… Yo le prometí que lo haría, que buscaríamos un espacio para ella, pero reconozco que ya en aquel momento sabía que aquello no iba a suceder, a pesar de habernos sentado en una terraza de gracia, junto a dos copas de vino blanco, para creernos un poco Jesse y un poco Céline.

No soy de los que les gusta decir: “ves, te lo dije”. Pero ocurrió lo que sabía, aunque es cierto que nunca lo dije. Cuando unos meses después del estreno de “Antes del anochecer” llamé a Sara para que me acompañase a mi segundo visionado de Le-Weekend (2013) de Roger Michel, escuché miles de excusas razonables a modo de respuesta negativa.

No es que yo considerase que “Le weekend” mereciese un segundo visionado por mi parte tan pronto, pero había algo en la historia y los personajes que me resultaban una especie de cuarto episodio de las aventuras de una Céline y un Jesse en la tercera edad y quería compartirlo con Sara. No pudo ser.

A veces me pregunto si mi envejecimiento físico es tan evidente como el de Ethan Hawke, con ese rostro lleno de vivencias en forma de arrugas o si yo también he dejado de lado los sueños, juegos y esperanzas, como su personaje, para entrar en una vida llena de preocupaciones y discusiones. También me pregunto si esa preocupación/fascinación por el paso del tiempo en gran parte del cine de Linklater- con Boyhood (2014) como ejemplo más claro- no estaba ya en la primera secuencia de la trilogía cuando Jesse y Céline se conocen y los diferentes personajes que les rodean en aquel vagón de tren ya reflejan las diferentes etapas de las relaciones…

Pero las preguntas que más me intrigan son: “¿Qué pasará en el 2022?” ¿Habrá nueva película de Linklater continuando la historia de estos personajes? ¿Será una decepción o volveré a pensar que refleja los sentimientos de una generación y que es la verdadera gran saga del cine actual?… ¿Iré a verla con Sara o tendré que buscarme otra tradición?… La respuesta… En el futuro, en el cine,  como de casi todo.