No pocas veces he escuchado o leído que las “normas han de conocerse para saltárselas”.

A propósito de esta idea, la de saltarse las normas, de manera justificada a mi modo de ver, he escogido el minúsculo fragmento de una escena de la película Sólo el fin del mundo (Juste la fin du monde 2016) de Xavier Dolan.

La sexta película de este joven director es una adaptación de la homónima obra teatral escrita por Jean-Luc Largece, un texto que comparte elementos suficientes con la filmografía del director quebequés como para que le resultase un proyecto atractivo: Complejas relaciones familiares de amor-odio,  reacciones desmesuradamente dramáticas que cargan el ambiente de una fuerte incomodidad, secretos… Todo ello ya estaba en Yo maté a mi madre (J’ai tué ma mère, 2009) o en Mommy (2014)

En este caso la historia se centra en el regreso de Louis (Gaspard Ulliel) a la casa familiar, tras años de ausencia, para comunicarles que se está muriendo.

La adaptación de un texto teatral siempre lleva consigo una toma de decisiones formales, eligiendo mediante la planificación lo que se desea que vea el espectador, privándolo de la libertad de mirada que este posee en un espectáculo teatral. En el caso que nos ocupa, la obra teatral carece de acotaciones temporales y espaciales, lo cual  Xavier Dolan utiliza para inundar la narración de primeros planos, casi asfixiantes en algunas escenas, que le ayudan a centrarse en los personajes, en los infinitos silencios de Louis y en los largos parlamentos del resto de coprotagonistas, verdaderos monólogos en la obra original

Pero sin entrar en juicios de valor, de si es o no una buena adaptación, me gustaría centrarme en una unos pocos segundos, que ya en su primer visionado, me parecieron una apuesta interesante para transmitir los roles de los personajes, sus motivaciones y sus carencias emocionales:

Han transcurrido los primeros 12 minutos, Louis ha tenido tiempo de llegar al hogar familiar, de saludar a su nerviosa e inquieta familia y de conocer a su cuñada, Catherine (Marion Cotillard). La escena se desarrolla en el salón, con una mayoría de primeros planos de los personajes que, aun así, dejan entrever la posición de éstos:

Louis y Catherine sentados en un sofá. Ella presa de incontinencia verbal habla de sus dos hijos, sobrinos de Louis. Él cordial y silencioso parece escucharla por compromiso.

Antoine (Vicent Cassel), hermano mayor del protagonista y esposo de Catherine, permanece de espaldas al resto de personajes y a la cámara, con la vista en la ventana, haciendo comentarios sarcásticos al parlamento de su mujer, con un cierto tono de agresividad e incomodidad.

Suzanne (Léa Seydoux), la hermana pequeña de los dos hombres, tumbada en otro de los sofás de la estancia, increpa a Antoine por sus frases y el tono de estas.

Y por último la Madre (Nathalie Baye), cuya voz suena alejada y que se encuentra camino a la cocina,  preparando el aperitivo.

Enmarcado en esta situación, a raíz de uno de los inapropiados comentarios de Antoine y el ataque verbal de Suzzanne a éste, el volumen de las voces disminuye hasta ser casi imperceptible y es sustituido por la música, que estaba en un segundo término. y  a continuación llega un “salto de eje” de la cámara. Hasta ese momento el objetivo se encontraba dentro de las líneas de interacción de los diferentes personajes, pero durante 80 segundos, que funcionan a modo de pausa de la acción global, se crea una nueva línea de acción, desde las espaldas de Louis y Catherine, en la cual asistimos a un juego de miradas silenciosas, en plano-contraplano, que evidencia que algo ocurre entre esos personajes. De un modo sutil, el director, nos está diciendo que ninguno de los dos pertenece a esa familia, que son personajes al margen de eso roles histéricos. Para Catherine son su familia política y para Louis son aquellos a los que abandonó hace años. Pero no creo aventurarme demasiado si digo que la comunión de estos personajes es tal, en ese “mini-instante”, que la cuñada mirando el rostro afectado del protagonista es capaz de descubrir el motivo de su visita. Mensaje que quedaría confirmado por un pequeño gesto de silencio que él le hace a ella, a modo de despedida, en la parte final de la película.

Recuperado el eje, recuperado el sonido de las voces de los personajes, se tiene la sensación de que no ha pasado el tiempo mientras estábamos “al otro lado”, en la intimidad…Y de nuevo nos encontramos con el carácter agresivo de Antoine, la inseguridad de Catherine y el resto de roles de los otros personajes…

Han sido sólo 80 segundos los que Xavier Dolan ha necesitado para escudriñar el interior de dos personajes, mediante primeros planos bastante opresivos y una música intensa ocupando la banda sonora. Y lo ha hecho desde el otro lado del eje de acción, realizando una fuga narrativa, pero no espacial.

Esta ruptura de una supuestas “regla” no es nada nuevo en el cine del director. En su corta filmografía encontramos ejemplos tan significativos como “el tango” de Tom en la Granja (Tom à le ferme, 2013); la secuencia “cambio de formato” en Mommy (2014) o “las procesiones a cámara lenta” de Los amores imaginarios (Les amours imaginaires, 2010) que, desde mi punto de vista, evidencian que muchas veces el camino para llegar a un nuevo lugar se consigue saltándose “las normas”.