Acabo de ver una escena curiosa.

Iba caminado por la calle observando a una pareja con un niño de unos seis años que caminaba delante de mí. Cada adulto lo sujetaba de una mano y el pequeño se balanceaba como si de un chimpancé se tratase.

Me he emocionado un poco y he sacado el móvil para hacerles una foto e inmortalizar esa sensación nostálgica de un pasado inexistente, pero en ese instante la mujer se ha separado de ellos, se ha acercado al borde de la acera, ha parado un taxi y antes de subir les ha dicho: “Yo me voy”, a lo que el hombre ha contestado: “Sí, mejor”.

Por unos instantes me he quedado petrificado, intentando procesar lo sucedido por si me había perdido algún detalle. Y dado como soy a hacer  suposiciones, he decidido que la mujer no era la madre del niño, que sólo era un rollo del padre y que estaba harta de los dos. Pero no he tardado ni un minuto en  comprobar que me equivocaba, porque cuando el taxi ha parado en el semáforo  el niño ha corrido, agitando su manita, para despedir a la mujer: “Adiós, mamá”… Ella ni se ha percatado, estaba riendo con el taxista, desprendiéndose del rol de madre que presupongo debe pesar quintales algunos días.

He disfrutado con la escena, como si fuese ficción  y es que hace ya dos días que no veo una película.

Barcelona,  Febrero del 2019.

(Imagen de Pixabay. Autor: Daniel Nebreda)