120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute. Robin Campillo 2017)  es una película necesaria desde un punto de vista político y social. La historia sobre la lucha por la visibilidad y la supervivencia de los afectados por el Vih durante los años 90 llevada a cabo por la asociación Act Up Paris es el reflejo de una época y de unas políticas no tan diferentes a las actuales. Si bien es cierto  que el Vih ya puede considerarse casi una enfermedad crónica (en los mal llamados países de primer mundo, por supuesto), no es menos cierto que el estigma social y el silencio pudoroso de los afectados siguen ahí.

¿Cualquier película supuestamente necesaria, bien como vehículo de denuncia o informativo, es una buena película?

No. Las buenas intenciones no van siempre de la mano de la calidad. Por ese motivo es de aplaudir el trabajo del guionista y director Robin Campillo en su tercer largometraje. Siendo capaz de aunar la dimensión reivindicativa y política con la cinematográfica.

120Bpm va de lo general -mostrando los enérgicos actos y reuniones asamblearias del grupo Act Up como si de un documental se tratase- a lo íntimo, la historia de amor de dos de sus miembros y cómo la enfermedad afecta a su modo de afrontar la vida.

Y ese precisamente creo que es el acierto de la estructura argumental de la película: Mostrarnos todo el contexto plural del conflicto para poco a poco ir centrándose en un caso individual y mostrarnos así, como las decisiones de los poderes político y económicos sí afectan al ciudadano.

Puede que haya cierto reparo por una parte del público en ir a ver una película sobre el sida y sus víctimas, pero desde aquí os aseguro que es una de las películas más vitalista de las realizadas el año pasado. Donde la lucha, el amor, el deseo, las risas, el baile… parecen estallar como un cañón de confeti que lo inunda todo.

Y es que las más potentes ganas de vivir surgen cuando sabes que te queda poco tiempo.