Como cinéfilo o cinefago – cosa que aún no tengo clara- un festival es para mí lo más parecido a una fiesta. Un lugar en el que divertirse y relacionarse, no con otros humanos, si no con sus obras, con esos trabajos cinematográficos que han supuesto, presumiblemente, el centro de sus vidas durante meses o años. El modo en que me acerco a esa selección de películas es el mismo con el que alguien más social lo haría en un encuentro ocioso con desconocidos, dividiéndolos entre nada apetecibles, interesantes, aburridos, frikis, adorables… Donde sin duda está soterrada la esperanza de encontrar el amor. No en un sentido estrictamente romántico, sino el amor propiciador de ese sentimiento de plenitud que ha convertido durante siglos al ser humano en cazador de experiencias y que el mundo cinematográfico, desde sus inicios, intenta aportarle, con mayor o menor fortuna.

Aclarados los parámetros de mis motivaciones ante un festival de cine – y ante la vida en general- me gustaría narrar mis impresiones y emociones una vez terminada «la fiesta» Americana, dónde el reciente cine independiente norteamericano ha ocupado las pantallas del cine Girona de Barcelona durante seis días en su quinta edición, con una exitosa afluencia de público.

Sin abandonar el símil de la fiesta y sus participantes, dividiré las películas en diferentes grupos, según me han hecho sentir:

Las aburridas.

 Cuando ves mucho cine llega un momento en que deja de interesarte todo aquello que resulte previsible o que repita discursos ya trillados por otros autores. Un ejemplo claro de este tipo de cine es Dayveon(2017) de Amman Abbasi, donde por enésima vez se nos muestra la marginalidad del colectivo afroamericano de los suburbios, las bandas y su convivencia permanente con la violencia, pero con mucho menor interés y fortuna que en la ganadora al Oscar como mejor película del 2017, Moonlight de Barry Jenkins.

También se podrían considerar un subgénero las películas sobre la atormentada aceptación  de la propia sexualidad por parte del individuo, como muestra Beach Rats(2017) de Eliaza Hittman, donde se echa en falta originalidad narrativa para un buen trabajo visual  en la fotografía de los cuerpos desnudos y de creación de una atmosfera enrarecida.

El problema de que Gemini(2017) de Aaron Katz resulte un tanto tediosa en su parte final tiene más que ver con las expectativas que plantea en su interesante inicio, pero que frustra en el momento que resuelve una trama de forma precipitada y sin importarle la tensión narrativa que se le presupone al género del thriller. Además de rodear a la protagonista de secundarios huecos e insustanciales, que no aportan nada.

Las amables.

 Algunas veces tenemos la sensación de encontrarnos ante una obra fallida, pero las buenas intenciones que subyacen nos conducen a hacer una crítica más permisiva y benévola con el resultado. O quizás esto solo me pasa a mí que soy un blando.

Saturday Church(2017) de Damon Cardasis es un ejemplo perfecto de ese tipo de cine. “Un músical sobre la identidad sexual de un joven afroamericano” suena a “guauuu”, pero cuando la ves echas en falta un poco de creatividad en los números musicales, que disimule el bajo presupuesto y las nulas aptitudes del protagonista para el baile. La historia es floja y está llena de personajes estereotipados, aun así uno la ve y siente el mismo cariño y ternura que le produciría la obra de fin de curso de un hijo.

Con Sylvio(2017) de Kentucher Audley y Albert Birney me ocurre algo parecido. Creo que tiene un punto de partida original haciendo protagonista a un gorila (un señor disfrazado en realidad) que participa en un programa de televisión el cual le hace famoso por destrozar cosas. También tiene una intención de análisis e interrogantes del medio televisivo- y la sociedad actual- que comparto y me interesan: “¿Es lícito renunciar a la esencia de uno mismo para gustar y encajar? ¿El éxito se mide por el número de seguidores o por la satisfacción personal que produce?…” Pero también tengo la sensación de que la idea sería más adecuada en mediometraje para no redundar varias veces en los mismos conceptos.

El caso de Lemon(2017) de Janicza Bravo es distinto. Es la explotación de un personaje “raro-friki” en diferentes situaciones con un pretendido carácter cómico. Y aunque le reconozco el acierto de la formula en algunas escenas- especialmente en la “familiomusical”- la incapacidad de empatizar con el protagonista acaba sacándome del relato, importándome bien poco lo que le ocurra.

Las bonitas.

 Con una trama que a priori podría ser oscura y dolorosa, sobre un niño secuestrado y encerrado durante años, Brigsby Bear(2017)de Dave McCary es una película vitalista sobre los sueños, la creatividad, las ilusiones y la fuerza del ser humano para superar las adversidades. Contado todo ello con una aparente inocencia infantil ante la que es fácil dejarse llevar a pesar de no pertenecer al tipo de cine que me resulta interesante a priori.

Una de las características del cine independiente es su capacidad para retratar la realidad actual y estar atentos al mundo que nos rodea. Ingrid Goes west(2017) de Matt Spicer, ganadora como mejor opera prima  en los Independent Spirit Adwars, dibuja un certero retrato del uso de las redes sociales (instagram concretamente), el “aparentar” y el “gustar” en tono de comedia negra que refleja el profundo vacío existencial  que se oculta tras alguno de estos “Millennials”. Es tan difícil no reírse, como el no sentirse un poco identificado en alguna de las bochornosas situaciones que recrea.

También bajo el paraguas de la comedia con fondo triste, se encuentra Don’t Think Twice(2017) sobre las envidias y la sensación de fracaso de un grupo de cómicos neoyorkino dedicados a la improvisación. Una película que si bien no se le puede hacer ningún reproche narrativo, ni en la creación e interpretación de personajes, formalmente tiene un aspecto visual y una puesta en escena de comedia de situación televisiva que le hace perder fuerza al contenido, banalizándolo.

También simpática me resultó Golden Exits(2017) de Alex Ross Perry, a quien el certamen, junto con la Filmoteca de Catalunya, le ha dedicado una retrospectiva. Una película sobre el mundo de la pareja, el amor, el deseo y la dificultad para ser feliz. Con un mensaje tan pesimista, pero a veces certero, como en sus trabajos anteriores. Una especie de, salvando las enormes distancias, “Teorema” de Pasolini, en las que la aparición de un personaje nuevo y joven hace temblar las relaciones y los sentimientos de un grupo de cuarentones un poco hastiados de su propia vida.

Las interesantes.

 En este grupo haré mención a esas películas que creo bien concebidas y realizadas, a las cuales les doy la importancia que tienen, pero que solo han rozado mi corazón, sin llegar a ocuparlo.

The Rider(2017) de Chlóe Zhao realiza una atractiva pieza tanto a nivel estructural, como visual, mezcla de realidad y ficción. La película relata la historia de Brady Jandreau (interpretada por el mismo, su familia y amigos), un joven cowboy que ha de abandonar el mundo de los rodeos por una fuerte lesión en la cabeza, la desubicación que esto le produce y la lucha por encontrar su nueva identidad en una realidad que no le permite pasar página. Un retrato sobre la identidad masculina en la Norteamérica rural.

Gook(2017) de Justin Chon quizás no aporte nada nuevo al cine de denuncia racial estadunidense, pero crea unos personajes muy bien definidos con pocas pincelas y elige un contexto histórico y una perspectiva interesante para contarlo. En un luminoso blanco y negro el mensaje de la igualdad resulta tan utópico como necesario.

The Endless(2017) muestra la problemática de las sectas, prácticamente ajena para un público europeo, desde la óptica del cine de género. Creando un discurso casi metafísico sobre la monotonía de la vida actual, la eliminación del individuo y la incapacidad para llevar a cabo sus deseos. Al acabar la película uno no puede evitar preguntarse si la actual sociedad capitalista no es una enorme secta.

Las populares

En este grupo debería haber dos películas, las dos premiadas: La elegida por el público de entre todas las participantes y la escogida por el jurado joven de la Sección Next.

Pero como me suele ocurrir en todas las reuniones, o festivales, siempre estoy en otro lugar cuando aparece el “alma de la fiesta” y me fue imposible ver Jane(2017) de Brett morgen que se alzó con el premio del público. Al parecer es un estupendo documental sobre la figura de Jane Goodall, la famosa zoóloga que Sigourney Weaver interpretó en Gorilas en la niebla (Gorillas in the Mist. Michael Apted,1988)

La que sí pude ver fue Flesh and Blood(2017) de Mark Webber. Premio del Jurado Next, en el que me incluyo, pero excluyéndome de dicha elección. De nuevo, al igual que The Rider, la recreación de la vida real del protagonista, el propio director, interpretada por él y su familia. Una historia de la redención llevada a cabo tras su supuesta salida de prisión. He de reconocer que este trabajo puede resultar realmente catártico y liberador para Webber, pero para mí, a excepción del encuentro con su ausente padre que transmite realidad y verdad a raudales, me parece un vagar poco interesante por la vida que ha de recuperar el ¿ex-presidiario? Creo que con unos personajes realmente peculiares, como son su hermano afectado por el síndrome de Asperger y la madre, una exprostituta convertida en agitadora política, la historia debería atrapar e interesar mucho más de lo que lo hace. Pero claro está, esto es solo mi opinión

Y por fin…. El amor

Hay una frase en la canción El origen del mundo de La bienquerida que dice algo parecido a “Anoche llegué a pensar que por fin te había encontrado” Para mí esa descripción resume un sentimiento que se me repitió en tres ocasiones del Americana. La sensación de haber encontrado “la película del festival”, esa obra por la que ha merecido la pena ver trabajos menores o incluso soporíferos. Espero que aunque hable en términos absolutos, se entienda que en realidad me refiero a “mi película del festival” la que quedará ligada para mí al recuerdo esos días.

Las dos primeras veces lo viví (el sentimiento), en una misma jornada, el viernes 9 de marzo. Primero con The Strange Ones(2017) de Christopher Radcliff y Lauren Wolkstein y seguidamente con Lucky(2017) del también actor John Carroll Lynch.

The Stranger Ones tiene una intrigante primera parte con estructura de road movie,  que muestra la huida de dos supuestos hermano por carreteras secundarias, en una atmosfera un tanto apocalíptica y donde narrativamente la información que recibe el espectador resulta intencionadamente confusa y misteriosa. En el aspecto visual su impecable planificación y fotografía de la naturaleza recuerda a lo mejor del cine de Terrence Malick, especialmente a Badlans(1973). Por desgracia un innecesario epilogo explicativo al final impidió la consumación de mi idilio con la mejor película de la sección Next.

Pero como no desesperé en mi búsqueda, seguidamente tuve otro flechazo instantáneo con Lucky. Una tierna y sincera película sobre la vejez  como incipiente antesala de la muerte. Con un icónico protagonista, el recientemente fallecido Harry Dean Stanton, que hace casi imposible separar al actor del personaje y sentir cada aparición suya en la pantalla como el párrafo de una carta de despedida. Pero sería injusto no reconocer el valor de la obra más allá de la presencia de su protagonista. La poesía que se desprende de las repetidas acciones cotidianas del personaje, en la línea de la excelente Paterson (Jim jarmusch 2016), generan un estado de relajación, que hace que uno se deje llevar dócilmente, a través de las hipnóticas conversaciones en el bar, las misteriosas charlas a través de un icónico teléfono rojo o la interpretación de la canción “Volver, volver” de Fernando Z. Maldonado, que se encuentra ya, automáticamente, entre una de las escenas musicales del año. Y al final de ese placentero camino nos espera una enigmática mirada, que nos espeta, apuntando directamente a nuestro corazón, de una forma natural, sin patina de una falsa sensiblería.

Podría parecer que por todo lo expuesto que Lucky sería mi película del Americana 2018. Y así fue hasta el último día del festival en el cual Weirdos(2017) de Bruce McDonald apareció para compartir ese dudoso honor. Porque si la historia de John Caroll Lynch habla de los últimos días de una vida, del balance y de la búsqueda del sentido de la existencia; Weirdos nos acerca al despertar de la vida, a la búsqueda del mismo sentido y a la necesidad de encontrase y aceptarse en el mundo que nos rodea.

Rodada en un blanco y negro muy efectivo para trasportarnos a los años 70 y salpicada con canciones de la época, nos atrapa en una aventura sobre la experiencia de hacerse adulto que huye de tópico y finales edulcorados, sin dejar de ser por ello una obra vitalista y positiva.

Veo el contador de palabras del word y casi no me atrevo a escribir el párrafo de despedida de esta crónica por miedo a ingresar en el grupo de “Los plastas”. Esperando benevolencia por parte del lector, cansado de tanta palabrería, me gustaría acabar destacando la enorme diversidad de las obras presentadas en el Festival Americana, lo cual lo convierten en uno de los encuentros cinematográficos más interesantes de la ciudad de Barcelona.

Hasta el año que viene, “indies”

(El fotograma pertenece a la película Weirdos(2017) de Bruce McDonald)