Good time, la cuarta película firmada en conjunto por los hermanos Safdie –Heaven Knows What(2014)- es la historia de los hermanos Nikas, Connie y Nick, cuyos destinos se separan tras el fallido robo a un banco. Nick es arrestado por la policía y Connie, en libertad, hará todo lo posible por conseguir el dinero de la fianza.

Una historia dual que puede ser abordada desde dos polos opuestos, la de cada uno de los protagonistas: Nick, un estático Ben Safdie- codirector y montador de la cinta- en el papel de un disminuido psíquico. Y Connie, a quien encarna con eficacia un acelerado Robert Pattinson, en un registro muy alejado de los que le habíamos visto hasta la fecha.

Si vivimos la historia desde el punto de vista de Connie, hallamos una película frenética, resultado de varias decisiones formales: un montaje veloz, enérgico,  con gran protagonismo de las elipsis que podan las innecesarias escenas de transición; una realización que mezcla primeros planos angustiosos y temblorosos con tomas filmadas en teleobjetivo; y una banda sonora de Oneohtrix Point Never llena de sintetizadores y notas discordantes que marcan un ritmo estresante en los momentos de mayor tensión argumental (sirva de ejemplo la escena del supuesto rescate de Nick en la habitación de hospital)

El personaje de Connie (Pattinson) vive una carrera contrarreloj, con objetivos cambiantes según avanza un guion lleno de giros, pero con una meta clara: “salvar/rescatar a su hermano”. Movido por un amor ciego, Connie parece no querer ser consciente del estado mental de su hermano: cree que su protección es todo lo que necesita. Su historia -narrada con un tono verista, en la línea con los anteriores trabajos de los directores, pero con unos puntos de humor negro que la hacen más llevadera que sus predecesoras- es el retrato de un sector concreto de la sociedad norteamericana, esa que salpica constantemente los programas “realites” que aparecen en las pantallas de televisión dispersas a lo largo del film. Parece como si los Safdie quisieran mostrarnos lo que hay realmente detrás de los protagonistas de esos hiperbólicos titulares.

Por otra parte, aunque llena de incógnitas, debido a un fuera de campo narrativo, tenemos la historia de Nick. Personaje cuya presencia abre y cierra la película. Todo el él es quietud e incertidumbre. Tras ese rostro impasible parece esconderse la mayor de las bondades, pero también el mayor de los tormentos, como ejemplifica una fugaz lágrima en su mejilla.

Cuando Connie está en pantalla, los directores nos muestran claramente sus objetivos y la acción adopta un ritmo desasosegante; mientras que, cuando Nick aparece en acción, o más bien inacción, el tiempo parece detenerse; los zoom que se aproximan o alejan de su rostro, lo hacen lentamente, ralentizados. Incluso la música deja de ser estridente, regalándonos una emotiva canción final entonada por la voz rasgada de Iggy Pop. El título y letra de esta canción son el perfecto resumen de la película que acabamos de ver: “The Pure And the Dammed”. El puro (Nick) y el condenado (Connie).