Hay un cuadro de Edward Hopper que retrata a una mujer en el suelo, medio desnuda, con un brazo apoyado en la cama desecha. Es una obra que siempre me ha llamado la atención por la ambigüedad de la situación, por las diferentes interpretaciones posibles de la escena  y del cual nunca he deseado saber más para no perder esa fascinación que algunas veces encierra lo desconocido.

Cuando acabé de ver “Un Sol interior” (“Un beau soleil intérieur” 2017), la nueva película de Claire Denis, por una alguna extraña asociación de ideas, la imagen del lienzo del pintor norteamericano vino a mi mente y tuve la necesidad de buscar el título. Mi sorpresa fue mayúscula al leer “Summer Interior”(1909) y rencontrarme con esa dama que bien podría estar ensimismada en sus pensamientos tras un reciente coito no muy placentero como el que vive Isabelle (Juliette Binoche), la protagonista, al principio de la película.

Así la descubrimos, desnuda, en medio de un acto sexual que no la satisface en absoluto, hasta el punto de decirle a su amante esa frase tan manida y tan falsa: “Correte ya, que yo disfruto igual”. Una escena de arranque que la directora francesa aprovecha para mostrarnos uno de sus signos de identidad: el cuerpo humano desnudo, rodado como si fuese un paisaje –un poco desértico esta vez.-, mostrándonos la piel y sus pequeñas imperfecciones, mediante perfectos y nada obvios encuadres, iluminados por su fiel colaboradora Agnès Godard

Pero la película no va sobre sexo, no es el orgasmo lo que Isabelle desea conquistar, ella desea encontrar el AMOR, el amor con mayúsculas, ese que es perfecto y que todo lo puede, ese que presumiblemente conlleva la felicidad absoluta y cuya ausencia es la mayor de las miserias: “El amor romántico”, en fin.  Y es mediante esta búsqueda, que la protagonista -una Juliette Binoche capaz de trasmitir con una mirada húmeda casi omnipresente fragilidad, entereza, rabia, ilusión o decepción con una naturalidad sorprendente- se cruza con hombres imperfectos en su camino y sufre los daños colaterales de esa búsqueda casi obligatoria en la sociedad occidental, la de la “media naranja”. Una labor que Claire Denis y su coguionista Christine Angot dibujan con una desesperación tal que parece que el personaje viva en una caza permanente  en la que cualquier sujeto es susceptible de ser “ÉL” como demuestra las miradas que esta lanza al chofer de su amante o al taxista. Y es que los momentos de júbilo que vemos en la película únicamente se producen cuando cree haberlo encontrado, el resto es desesperación por la imposibilidad de la complicada tarea.

¿Qué queda en la película del ensayo de Roland Barthes: “Fragmentos de un discurso amoroso” del que presumiblemente parecía ser una adaptación la película? Pues como ya ha adelantado su directora, finalmente el guion contiene más pensamientos o experiencias de las dos autoras que del libro del pensador francés, pero aun así la estructura fabricada con retazos de situaciones sin una clara temporalidad puede recordar a la enumeración de las diferentes “figuras” que muestra el libro y que surgen en torno al sentimiento del amor. Y algunos rasgos de la protagonista no distan en absoluto de las certeras descripciones de Barthes: “El sujeto llega a anular al objeto amado bajo el peso del amor mismo: por una perversión típicamente amorosa, lo que el sujeto ama es el amor y no el objeto”*

Para acabar me gustaría aclarar que, contrariamente a lo que pueda parecer por el argumento o por las críticas y comentarios que se puedan leer en diferentes medios,  no se ha de ser ni mujer, ni tener cincuenta años para empatizar con la historia y que se puedo ver como una simple comedia dramática o como un brutal espejo dramático cuyo reflejo solo soportamos con la risa, pero que pocas películas tienen un mensaje tan certero sobre lo que es “la búsqueda del amor” en nuestro mundo.

Gracias, Claire Denis.

*Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo Veintiuno Editores, Argentina, 2002,  página 47

Edward Hopper, Summer Interior” 1909